Formación interna. Transmitiendo experiencias

Durante las últimas semanas del año, los que nos dedicamos a gestionar la formación y el desarrollo en las empresas, recibimos multitud de avisos, recordatorios y recomendaciones relativos a los créditos formativos y a la conveniencia de aprovecharlos antes de que estos se pierdan.

Ahora, después del parón navideño, empezamos un nuevo año, otra oportunidad para poner en marcha iniciativas y proyectos interesantes de cara a los próximos meses, pudiendo planificar entre otras cosas las acciones formativas de todo el año. De esta forma administramos adecuadamente los créditos formativos y podemos optimizar el uso de los mismos.

Pero además de la formación que nos proporcionan profesionales, entidades y proveedores externos, hoy mi reflexión se detiene en reivindicar el papel fundamental de la formación interna en las empresas.

Habitualmente, los colaboradores con más experiencia realizan tareas de formación y guía casi sin darse cuenta. Ante la llegada de nuevos compañeros, es habitual que se den consejos y recomendaciones: fíjate en esto”“ojo con aquello”“deja… mira, tienes que hacerlo así”, etc.

Muchas personas en la organización poseen conocimientos y habilidades desarrolladas después de años de ensayo – error, observación y reflexión. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Son muchos los colaboradores que poseen un valiosísimo “know how” acumulado, técnicas que configuran un “best practice” que conviene explotar y poner en común. Una inteligencia y conocimiento colectivo al servicio de los intereses de todo el equipo.

Se dice que el 90 % de lo que se aprende es enseñando a otros. Transmitir conocimientos, aunque no es una tarea fácil, requiere de un dominio de la disciplina a explicar, así como capacidad de interactuar y motivar al “aprendiz”.

Si desde recursos humanos somos capaces de implicar al personal clave de la empresa, que conoce a fondo los procesos y puede aportar la visión de conjunto y la experiencia de años de trabajo, estableceremos una base sólida sobre la que construir un proyecto empresarial centrado en la mejora y el crecimiento continuados. Además, cohesionaremos el grupo humano al “forzar” la interacción entre colaboradores y esto redundará en una mejora del trabajo en equipo y el sentimiento de pertenencia.

La formación debe ser un pilar fundamental en las políticas de desarrollo y crecimiento del personal en cualquier empresa. Apostar por proveedores externos y consultores especializados es tremendamente beneficioso para la plantilla, pero nunca debemos olvidar la importancia de transmitir el conocimiento que nuestros colaboradores poseen tras años de experiencia. En mi opinión, las ventajas de apostar por lo que sabemos hacer bien “en casa” impactarán positivamente en la empresa no solo a nivel formativo, también en aspectos relacionados con el trabajo en equipo y el clima laboral.

Formación. ¿Una y no más?

Me comentaba un amigo hace unos días una situación que está viviendo en su entorno de trabajo y que me sugiere un tema interesante sobre el que escribir. Este amigo lleva un par de años formando parte de un equipo de trabajo, y muchos de sus compañeros son profesionales con 10 o más años de experiencia a sus espaldas. Personas formadas y expertas que han resuelto todo tipo de problemas, superado infinidad de retos. Decididos a tomar decisiones con la seguridad de quién se ha tenido que mojar muchas veces. Dispuestos a compartir sus conocimientos con todos sus colaboradores y compañeros, en especial con aquellos más jóvenes y que empiezan a recorrer el camino que ellos ya transitaron.

Hasta aquí todo bien, el conocimiento y la “best practice” fluyen para convertirse en información global al alcance de todos y los proyectos se sacan adelante con el esfuerzo conjunto. El problema viene cuando, en el proceso de toma de decisiones, la voz cantante la llevan los más jóvenes, los nuevos, los inexpertos. Hablan de métodos novedosos, de últimas tendencias, de alternativas originales y poco contrastadas. “Esto lo vimos en un curso hace poco”, “asistí a un seminario el mes pasado donde nos hablaron”, etc. Esas son algunas de las frases que conducen a la situación de la que mi amigo me estuvo hablando.

Después de 10 años, algunos conocimientos puede que hayan quedado obsoletos y si no hay un genuino interés por reciclarse por parte de estos activos de la compañía, se pueden crear tensiones. “Se ha hecho así toda la vida”, “ahora vendréis vosotros a inventar la rueda” son frases lapidarias que habitualmente preceden al desastre.

Tiene que existir desde las empresas, y en especial desde los departamentos de recursos humanos, una voluntad inequívoca de formar a los colaboradores, de darles las mejores herramientas y conocimientos para que sean capaces de superar los retos con garantías. Esto incluye a TODOS, incluso a aquellos que “lo saben todo”. La formación continua tiene que ser la vacuna que evite este tipo de infecciones que pueden minar la cohesión de un grupo. El hacer partícipes a los miembros del equipo de las novedades del sector, de las nuevas herramientas, de las tecnologías desarrolladas y que se pueden aplicar a los procesos; dejará a todos los colaboradores en igualdad de condiciones, con la mente abierta y despejada de prejuicios.

La experiencia es un activo de valor incalculable en cualquier empresa. Aderezarla y potenciarla con formación es el paso definitivo hacia un crecimiento global de la organización y sus miembros. Este proceso formativo debe ser continuado, constante y comprometido desde recursos humanos, respondiendo al mismo tiempo tanto a las necesidades de los colaboradores como a los intereses estratégicos de la organización.

Aportaremos valor a la compañía, sentimiento de progreso y evolución a la plantilla y generaremos un entorno de crecimiento y generación de valor. Perdamos el miedo a aprender, seamos promotores de nuevas ideas.